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Tan alta como la luna...

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Una de las historias más curiosas del Antiguo Testamento es la de la edificación de la torre de Babel. Encuadrada en el primer libro (Génesis), recoge el empeño de los pueblos de la antigüedad en construir un monumento tan alto que pudiera llegar al cielo. Esta idea, lejos de contentar a Dios, lo sumió en un enfado terrible. Tanto es así que decidió castigar tamaña osadía de una manera original: confundió las lenguas de los obreros que elevaban dicho monumento. El desorden fue tal que la construcción quedó detenida y los numerosos trabajadores se dispersaron. Desde entonces los pueblos obtuvieron un lenguaje único y personal, hecho que causó la alegría y contento de las academias de idiomas.

La torre de Babel es una de las muchas leyendas que reúne la Biblia (aunque estamos seguros de que si los obreros hubieran acudido a empresas gruas torre no hubieran tenido tantos problemas con la edificación). Tenga base científica o no, ocurriera o no, lo cierto es que esas torres tan altas como el cielo no son una quimera. Diversas excavaciones y estudios han puesto de manifiesto la existencia de cimentaciones antiguas en forma de torre helicoidal, muy parecidas al zigurat que hoy podemos contemplar en Samarra. Incluso algunas mezquitas musulmanas, influenciadas por el aspecto de estos singulares monumentos, recogieron en sus alminares la forma retorcida y esbelta de las torres babilónicas.

Quizá el cronista que redactó todo lo ocurrido en Babel (palabra que, desde entonces, ha quedado asociada con un lugar en el que reina el desorden y la confusión) tenía deseos de alcanzar el cielo. Desde esta historia pueden trazarse líneas a otras leyendas y mitos de historia antigua, como el de Ícaro y su vuelo fatídico hacia el sol. Nuestra humanidad nos hace soñar con la posibilidad de levantar el vuelo como las aves, con la ensoñación de poder contemplar la tierra que pisamos a vista de pájaro... Aunque casi siempre acabamos siendo realistas y dando la batalla por perdida antes de comenzarla. Sí, señora gravedad, usted gana.

Hay un cantar popular que dice: quisiera ser tan alta como la luna... Tal vez esta estrofa infantil pueda verse en paralelo con nuestra historia de Babel, un proyecto iniciado por la osadía del hombre y malogrado por la volubilidad de una deidad que, como todas, prefiere estar sola.

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