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Organizar un evento

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En ocasiones, sobre todo cuando tenemos que poner en marcha un acto de cualquier tipo, recurrimos a programarlo. Por regla general la creatividad es un elemento importante, pero lo es mucho más la planificación y la estructura que queramos dar a ese evento. No importa que tengamos pensada una idea fantástica y maravillosa, una de esas ideas que son increíblemente divertidas, ocurrentes, profesionales o inesperadas. La falta de estructuración del acontecimiento puede terminar por arruinarlo todo.

Pongamos por caso una empresa que busca promocionar un producto determinado. A los creativos de la misma se les han ocurrido un montón de buenas ideas con respecto a la colocación de los stands promocionales, la presentación del negocio, la música, la iluminación, las frases que se van a utilizar. Todo ha sido medido hasta el último detalle, pero antes de comenzar la promoción alguien se percata, horrorizado, de una omisión fundamental: no hay nadie que ofrezca el producto en el stand.

Para la difusión y éxito de una promoción es necesario un recurso que hoy en día asociamos inevitablemente con todo este asunto: las azafatas. En efecto, su presencia en ferias, mercados, grandes superficies o tiendas especializadas permite al gran público conocer qué se está vendiendo y las características del objeto. Por eso es tan necesario un recurso como el de guiadeazafatas, una página que nos pone en contacto con la información necesaria para contratar a estas personas.

No queremos que penséis que estamos hablando exclusivamente de azafatas en el sentido femenino del término. Afortunadamente y gracias a la flexibilidad del mercado laboral, podemos  ver en un mismo stand a chicos y chicas con buena planta, amplia sonrisa, verbo fluido y ganas de interactuar con los clientes. Otra cuestión es que éstos se detengan y atiendan las explicaciones de las y los azafatas/os. En ocasiones pensamos que si nos paramos las luces se van a apagar y nos van a apuntar con un foco acusador, cuando en realidad de lo que se trata es de tener un momento de conversación con estos trabajadores, probar lo que nos ofrezcan, sonreírles (eso nunca está demás) y si nos interesa, adquirir el producto. No parece muy lógico que cuando divisemos a una sonriente y simpática azafata bajemos la cabeza y miremos con una atención rayana en la obsesión la caja de pizzas que llevamos en el carrito.

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